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Madre estaba sentada junto al fuego. Su cuerpo débil y enjuto estaba consumido por la enfermedad que padecía desde que me acuerdo. Sus cabellos pegajosos se les adherían a las sienes dándole un aspecto de molusco. ¡Qué asco!
 
-Hacéme un té y alcanzáme la manta gruesa que me estoy helando- fueron sus órdenes, apenas se despertó de su duermevela. - Cortá leña, que queda poco, -me siguió mandoneando.
 
Corrí a prepararle la infusión. Sabía que, si me demoraba, iba a comenzar con el rosario de todos los días: - ¡Para qué mierda te tuve, si no servís para nada! ¡Inútil como el palurdo de tu padre!
 
Siempre era lo mismo. Traté de no pensar más, a ver si me animaba de una vez por todas a ponerle unas gotas de veneno en el té, o tal vez empuñara el hacha y en vez de cortar leña la cortara a ella. En trocitos. Ganas no me faltaban. Sólo coraje.
 
Le preparé el té como le gustaba: con miel y unas gotitas de limón, y le alcancé la manta gruesa y salí por la leña. Recuerdo cuando mi padre trajo esa manta de uno de sus viajes al Norte. Hermosa. De colores vivos y lana cruda de oveja. Ella le dijo que era una porquería y la guardó en el fondo del ropero. Recuerdo la tristeza del viejo. Se calló la boca y bajó la mirada. Como siempre. Al poco tiempo, nomás, se nos fue. Le dio un infarto y se murió sin dar trabajo. ¡Pobre viejo! Ni en el velorio la arpía se calló la boca. Lo criticó todo el tiempo. Me daban ganas de meterla a ella en el cajón.
 
-Tenés que teñirte. Se te notan las canas. Y ponéte un poco de rouge. Estás blanca, -me decía mientras bebía a sorbitos, haciendo un ruido insoportable.
 
- ¡Vieja de mierda! Desde que te enfermaste te sirvo de enfermera. Si con tu pensión no te alcanza para nada. En cualquier momento me las tomo y arregláte como puedas. Lástima que son solo amenazas. Me falta valor.
 
-No sé para qué te ponés esas minifaldas. Nadie te va a mirar. -seguía con su cantarela. –Ni siquiera Roberto. Ese sí que te gustaba. ¿Eh? Y no te hizo caso. Se casó con la de enfrente. ¡Y eso que no le sacabas los ojos de encima! Me miró con satisfacción. Estaba disfrutando.
 
La dejé despotricando sola y me fui a mi habitación. Me había herido. Si de alguien me había enamorado en esta vida fue de Roberto Arzuaga. Lo espiaba cuando pasaba todos los días para el trabajo. El me saludaba siempre amable. ¡Era tan lindo! ¡Y esta vieja perversa me lo viene a recordar! No tengo escapatoria. Me asfixia. Como un animal enjaulado. Así me siento. Me tendí sobre la cama y encendí un cigarrillo, inventando sortilegios con círculos de humo. Comencé a acariciarme. Lentamente. Mis manos se deslizaban sedientas por la geografía de mi cuerpo, deteniéndose entre la tempestad de mis piernas.  Y me acaricié los genitales erguidos como templos. Un gemido salió de mi garganta mientras la imagen de Roberto Arzuaga se perdía en la neblina de mi delirio. Me gusta. Me olvido de madre y de todo lo demás. Voy a tratar de dormir. En el sueño encuentro el alivio necesario para seguir con esta doble vida. Vida de mierda. Tal vez las gotitas de veneno me las tendría que tomar yo…
 
Cuando entraron en la casa el olor era nauseabundo. Un vecino había alertado a la policía. El inspector se tapó la boca con un pañuelo embebido en perfume y recorrió el lugar. El novato que lo acompañaba no pudo evitar el vómito.
 
De la anciana que yacía sobre el sillón, solamente quedaban jirones. La habían matado a hachazos y las ratas se habían hecho un festín con los restos.
 
El inspector siguió recorriendo la casa. Entró en la habitación más pequeña y se encontró con el segundo cuerpo desnudo. No había sido devorado por los animales. El cuerpo descansaba sobre la cama. En paz. A pesar de su miembro flácido, tenía los ojos pintados, las cejas depiladas y los labios realzados con rouge.
 
Pero, ¿No tenía una hija esta señora? -preguntó el novato.
 
-Parece que no. -le contestó el Inspector Roberto Arzuaga y fue por las bolsas para llevarlos a la morgue.
 
 
 
 
Camucha Escobar
 
 
 
 
La Enfermera
Con la voz  Jorge  Sharry / Música y grabación de Juan Cruz Fernandez / Fotografía María Faux.
 
 
 
 
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Camucha Escobar Escritor